La historia de Erifer comienza en lo que seria hoy en día un apartado pueblo de las lejanas tierras españolas de Gran Canaria, en uno de los pocos ecosistemas verdes que había en las islas.
Erifer, hijo de Zeus y Superwoman, nació en el Olimpo canario. Como Zeus tenía que gobernar el Olimpo, y Superwoman tenía que ir a Nueva York a salvar a sus habitantes, Erifer pasó su infancia con sus tíos Saturno y Superman. Pero como ellos también tenían muchas cosas que hacer, cuando se hizo mayor, fue a vivir con un agradable vagabundo.
Este, cuando vio que un día Erifer conseguía cortar un tronco con las manos, le dijo que había llegado el momento de su partida a conocer mundo, por lo que le dio como arma de protección contra los peligros que se pudiese encontrar en el camino, una gran sartén de oro y acero, forjada en el norte de los Países Fríos y una chinchilla de nombre Pepe en la que montaría con una alfombra mágica.
Un día, cuando vagaba por las tierras del Norte español, se encontró en una cestería, un agradable muchacho de nombre Fer, que, mientras esperaba a la primavera para viajar al Sur, se hizo muy amigo de Erifer, con el que en el futuro, harían grandes hazañas juntos.
Erifer viajó entonces a los Pirineos franceses porque le habían dicho que en esas montañas se encontraba uno de los tesoros más codiciados por los coleccionistas, pues perteneció a un dragón de la época de cuando él no era más que una bolita de carne y ternura. Él necesitaba ese tesoro, pues en su familia andaban escasos de dinero, que requerían para la organización de las Olimpiadas.
Pero, cuando ya había llegado a las cuevas y estaba entrando, una gran escolopendra de cien metros de largo le paró los pies y le atacó; Erifer esquivó ese ataque con mucha rapidez, propia de él. Subido a su chinchilla, Erifer atacó a la escolopendra con un fuerte golpe de sartén en la cabeza. La escolopendra gruñó de dolor y persiguió a Erifer con más furia. Él pegó otro golpe en uno de los mil pies de esa escolopendra y, bajo su asombro, vió que se soltó fácilmente del cuerpo del animal. Tras ese golpe de ingenio, siguió quitándole los pies a la escolopendra, hasta que sólo quedó el frágil cuerpo del animal, ahora sin movilidad. Tras matar a esa bestia, que gracias a su chinchilla le había podido quitar el exoesqueleto, cargó el tesoro en la alfombra mágica y volvió al norte, desde donde, volando con la alfombra mágica y el tesoro en un gran cesto que Fer había creado para él, llevó el tesoro a su familia, con el que se pudieron organizar y celebrar las Olimpiadas.
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